Yo, ingeniero. Idea I-44

Gabriel colecciona ideas. Una de las 43 ideas que existen en su inventario, quizá la que más le gusta, es la de fregarles la mente a sus colegas ingenieros hablándoles de las Humanidades que sabe que los molesta; los distrae con cosas que los incomoden para que no puedan intuir el plan en marcha para quebrar a La Empresa. Los aprecia, así que los mantiene al margen de sus objetivos.
En una de nuestras conversaciones telefónicas, le pedí que me contara cómo inició su plan. Gabriel no está en el país, el estruendoso resultado del plan lo impide. Al teléfono se escucha el golpe de olas de mar y el sonar cansado de autos viejos o camiones. Como ecografía, esos sonidos me dibujan casas de madera y pintura vieja que resisten bien el sol y la brisa salina. 
Me dijo que fue en un salón de clases, el W-100. El frío, los materiales pomposos de las universidades sobrevaloradas, el peso del posgrado y todo lo que ahí existía pasaron a segundo plano cuando el profesor dijo que “los procesos mentales,  —hubo un ruido en nuestra conversación telefónica— (…) tanto en ingeniería como en el lenguaje —más ruido, no se puede entender lo que dice al teléfono”. El caso es que cuando Gabriel reparó en lo que el profesor le dijo esa mañana, cerró los ojos por dos segundos, y el mundo le cayó encima. Dos segundos le bastaron para entender lo que su subconsciente ya sabía. Esa sería la idea detonante de su plan. La pieza, la ficha, la idea que necesitaba.
<<Si estos dos mundos se juntan…>>
La llamó la idea I-44.
Conozco a Gabriel. Y puedo decir que entiendo por qué lo hizo, por qué dio aquel golpe. Es más, admito que su plan, algo tan pernicioso como efectivo, es admirable en cuanto a lo implacable y preciso. Y porque algunas empresas se lo tienen merecido.
Prefirió que lo vieran como una persona del común para no delatar la profundidad del plan. Como empleado, y en su cubículo de vidrio en el nuevo edificio, al norte de la ciudad, lo asediaba el ruido de la autopista y el fastidio que le tiene a los imbéciles “estrategas” que dirigen todo con el estómago, que a punta de percepción y por el qué dirán toman decisiones que afectan la vida de los ingenieros que ahí trabajaban. Detesta las empresas acéfalas y explotadoras como en la que trabaja. El café, dice él, lo previene de pertenecer a esa casta de falsetes y encomenderos; lo inmuniza porque lo hace reflexionar. Por eso, recurre tanto al café como a sus apuntes. Lleva cuenta de todo en su mente, en sus libretas, en su tableta, en laptop. Todas las ideas, o cosas, son piezas que puede juntar. Por eso colecciona ideas, las numera.Esa mañana y sin perder tiempo, Gabriel salió de clases con el solo propósito de confirmar lo que el profesor le había dicho. Buscaría en todos lados. La idea I-44 lo poseía.
<<No hay tiempo. Debo confirmar esta clave que el profesor me acaba de dar. Será la más importante de todas>>No pude escuchar bien lo que Gabriel me contó por teléfono ese día (la idea I-44), pero pensemos un poco: ¿qué pudo haber sido lo que el profesor afirmó en esa mañana respecto a la ingeniería y la literatura que a Gabriel lo levantó de la silla?. Lo que haya sido, fue lo que materializó el plan. Bueno, explicaré lo que intuyo porque realmente no puedo asegurarlo: para Gabriel, el plan debía contar con estética. Aquella estética que la ingeniería inhibe. Debía tener también ritmo, pero no el de la ingeniería. Algo más. Gabriel requería que el plan contara con la potencia de las letras, el razonamiento de la arquitectura y los engranajes de la ingeniería. 
Por eso, creo yo, es que a partir de ese día empezó a buscar en la literatura la respuesta confirmatoria de la idea I-44. Siguiendo con mi intuición, puede que esta sea la razón por la que se inscribiría en cuanto taller de escritura podía.
<<El taller de escritura, o mejor dicho, la pieza final de mi golpe acaba de empezar>>
Viendo todo en retrospectiva, y al estudiar de nuevo este caso por enésima vez en la asociación de ingenieros, solo puedo concluir una cosa: Gabriel lo logró. Confirmó la idea I-44, sea la que haya sido. Estoy seguro. Nada sobra. Su plan de ataque es tan frío como eficaz, técnico e hiriente. Ingeniería y literatura. Todo está en su lugar: la empresa, expuesta y quebrada.