Un tonto sin suerte

Una amiga, ligeramente avergonzada, en nuestro último encuentro de cine y café, me contó lo que le ocurrió hace algunos años. Ella, soltera, sin novio desde la última vez, aquella en que el diplomático de turno regresó a su país, había aceptado salir con un hombre, un poco mayor (como todos los del último tiempo), a quién había conocido, por accidente, en su lugar de trabajo. Aquella mañana, mientras servía un café cargado frente a la ventana del piso veinte de un moderno edificio de oficinas del distrito financiero de su ciudad, Miguel Angel, treinta y cinco años, de nacionalidad guatemalteca, haciendo uso de su elocuencia y su agradable tono de voz se presentó: 

– Mucho gusto, Miguel Angel Morales, soy funcionario del BOE, estoy aquí para un proyecto de mejoramiento de infraestructuras en servicios públicos – 

Vestía sastre completo azul oscuro, saco de dos botones, camisa blanca bien almidonada y corbata de lana del mismo color del vestido. 

– Hola, Carolina, Yo tan solo trabajo en este piso. No eres de aquí, o, ¿me equivoco? – contestó halagada por el saludo. 

Mientras respondía, notaba como el hombre no paraba de mirarla. Había funcionado la minifalda negra, las medias veladas grises con pequeñas mariposas bordadas en ellas, la blusa blanca poco escotada pero transparente y los zapatos negros de amarrar con puntas de charol brillante. A pesar de no tener accesorios se sentía linda. Esa mañana vino más temprano para entrar a la peluquería ubicada en los bajos del Edificio. Tal vez podría conocer alguien especial durante el día. 

– No, soy de Tegucigalpa, pero vivo en Estados Unidos hace más de quince años. Trabajo en las oficinas principales del BOE en Washington y viajo a los países donde cursan proyectos. 

Acercándose a ella, preguntó con seguridad: – podemos hablar más tarde? tengo pocos días en la ciudad. Este es el número de mi hotel, déjame un mensaje y te devuelvo la llamada – 

– No hace falta – se le escuchó decir con su voz aguda y tímida – llámame a este número a las 7 de la tarde y conversamos – extendiéndole una tarjeta de presentación en la cual detallaba su actividad como asesora comercial de seguros. 

Pasadas las siete de la tarde, después de tres timbres, tomó la llamada que había estado esperando todo el resto del día, y sin mediar más que el saludo, esté promisorio hombre le indica cómo llegar a un restaurante cerca, aunque no tenga noción de lo lejos que ella vive. Se encontraba reunido con funcionarios y amigos del cuerpo diplomático. Una cena informal con gente formal donde más que nada se habló de trabajo. La cena, muy de su gusto, fue servida después que a los demás comensales ya se encontraban en el postre. Unos canelones de ricota y espinaca con una ensalada cesar fue lo que alcanzó a ordenar mientras se disculpaba por su tardanza, agravada por la dificultad para conseguir un taxi y desplazarse con esas botas nuevas que aún no estaban amansadas. El lugar, parecido a cualquier otro en cualquier lugar del mundo, se trataba de una ´trattoria´ con pretensiones de restaurante elegante, una barra grande al fondo del local, y muchas mesas colocadas en forma perpendicular. 

– Gracias por venir. Lamento que no hayamos podido hablar más. Este es mi número en Estados Unidos, el próximo mes estaré de vuelta, me gustaría volver a verte. Tu compañía resultó muy valiosa, como viste, algunos venían con sus novias o esposas. -. 

Pasado el mes, que a Carolina le pareció un año, Miguel Angel escribió para informarle que dentro de dos días arribaría al país. Esta vez, decía no querer compañías. Tenía preparada una salida para el siguiente día de su llegada, algo que venía preparando desde que la conoció. No dejaba de pensar en esa minifalda, en esas botas del restaurante, en su perfume parecido al que normalmente utilizaba su hermana menor. Era un jueves, día de mucha movida en la ciudad, sobre todo por el derroche de corredores de bolsa, banqueros de inversión y extranjeros que andan por la ciudad. Los bares de moda se preparaban para hacer caja. Justo, a uno de ellos es que Carolina llegaba pasadas las ocho de la tarde, mientras él la esperaba en la barra con un vaso de whisky sour. El cantinero, después del saludo protocolario le preguntó que quería a tomar. Mientras lo hacía le parecía que ya la había 

atendido en un par de ocasiones anteriores, ambas acompañada por extranjeros. A su parecer, era una chica muy bonita y no entendía por qué razón aceptaba invitaciones de hombres a los que, se les notaba a leguas, buscaban pasar una noche con una mujer joven para al otro día volar. 

– Está indecisa, sírvale un Dry Martini por favor. – Te gusta la ginebra, y las aceitunas verdes musitó dirigiéndose a ella ? – Como Usted diga señor respondió el cantinero -. 

Ella, sin responder, miró resignada lo que pidió su acompañante. Al fin y al cabo, el trago era lo de menos, tenía la ilusión que esta persona fuese la que había estado esperando por tanto tiempo. Era importante aprovechar el tiempo, conversar, impresionar, seducir. 

– Voy al baño, no demoro – Dale, no voy a ninguna parte – 

En estos lugares los baños de mujeres suelen ser ruidosos, en ocasiones más parecidos a una cafetería o un salón de belleza. Esta vez no, se encontraba despejado, limpio, lo que permitió retocarse el maquillaje con tranquilidad. 

Al volver no distinguió con claridad a su acompañante. La barra demasiado iluminada destellaba en sus lentes de contacto. Al aproximarse, lo ubicó sentado un par de lugares hacia el lado izquierdo de donde lo había dejado. 

– Me demoré mucho ? – No lo noté, aquí está tu trago, yo he pedido otro. – 

Al ver que su acompañante le había tomado ventaja decidió apurarse el Martini en tres sorbos. Le venía bien para manejar los nervios que en eso momento la acompañaban. El sin preguntar ordenó otro de inmediato. Saúl, el camarero, lo preparó y lo puso al final de la barra. 

Que desatento, por qué no lo trae hasta acá ? – No importa, ya lo acerco 

Una vez Carolina tomó la copa en sus manos, Saúl se acercó, lo que a Miguel Angel le pareció que estaba bien, debía pedir disculpas. Al oído le susurro: 

Señorita, ese hombre ha puesto algo en su trago. No diga nada. Haga lo que le voy a indicar. Tómese estos dos shots de tequila doble, fondo blanco, no se preocupe, son cortesía de la casa. 

Ella, impactada por la situación hizo caso ante la mirada incrédula de su acompañante que permanecía al otro lado de la barra. El cantinero tenía razón, algo extraño percibió en la bebida, se sintió un poco más salado que cualquier otro Martini que hubiese tomado. Y también tenía razón con lo del tequila. Inmediatamente su estómago se revolvió como un remolino no teniendo más remedio que salir corriendo hacia el baño. No alcanzaría a llegar cuando comenzó a vomitar apartando a las personas que se encontraban en el camino. Menos mal aún el lugar no estaba lleno y el corredor que conducía al baño era amplio y libre de mobiliario. 

Una vez, pasados unos quince minutos, de vuelta del baño, Miguel Angel la esperaba con una sarcástica sonrisa. 

– Nos vamos de aquí – te encuentras bien? Vamos para mi hotel allí estarás mejor 

Sacando fuerzas del fondo de sus entrañas Carolina le propinó una cachetada que se oyó por encima de la música y el ruido de las conversaciones alrededor. Inmediatamente tomó su bolso y salió a la puerta principal subiéndose al primer taxi que pasó. Después de esto sin que pasaran más de diez segundos el cantinero manifestó: 

– Señor, el recibo de su cuenta. Ya fue descontado el valor de su tarjeta. – Pero aquí me está cobrando más. – Es por los “daños” ocasionados por su amiga. La propina también le fue cargada. Tenga Usted buena noche. –